domingo, 23 de julio de 2017

COMENTARIO AL EVANGELIO – XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO por Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP

[...] ¿Cuándo extirpar el mal?
Sin embargo, en determinado momento es necesario actuar contra el mal. Y la circunstancia oportuna nos es indicada por la prudencia, virtud toda hecha de sabiduría, que no significa estar en connivencia con el pecado, sino la elección del camino más corto entre dos puntos, o sea, el medio más adecuado para la obtención de la meta. Esta enseñanza se aplica a nuestra vida cotidiana, sea en la familia, en la sociedad o incluso en el ámbito de una congregación religiosa.
En las relaciones
familiares, por ejemplo, ¿cuál es el momento de corregir a un hijo? A veces no conviene hacerlo inmediatamente después de la infracción, porque el temperamento puede traicionarnos, causando mayor perjuicio a su alma. Pasado un tiempo será más fácil censurar su comportamiento con firmeza, pero sin carga emocional, incentivándolo a la confianza.
El autor de estas líneas recuerda un relato que hizo una persona a quien el Dr. Plinio Corrêa de Oliveira afablemente le había indicado cierto defecto de alma. Después de agradecérselo, el interlocutor le preguntó que cuándo había percibido esa falta. El Dr. Plinio le respondió: “La he visto desde que le conocí”, es decir, hacía quince años. Y no podía ser diferente, debido al agudo carisma de discernimiento de los espíritus que adornaba a este varón desde su más tierna infancia. Sorprendido, aquel seguidor suyo deseó averiguar por qué había tardado tanto en amonestarlo y el Dr. Plinio le contestó: “Porque estaba esperando el momento en que usted tuviera fuerza para ‘meter la mano en su alma’ y arrancara eso”. ¡Fue preciso aguardar todo ese tiempo para evitar que la cizaña llevara consigo el trigo!
Hechos como este nos auxilian a considerar nuestra vida espiritual con resignación, calma y, sobre todo, mucha confianza en la Providencia, pues ella es la dueña de la gran propiedad llamada mundo y de estas parcelas que son nuestras almas. ¡Y cómo sabe esperar por cada uno! Imaginamos que con un esfuerzo enorme nos santificaremos. ¡Qué ilusión! Todo depende de una gracia. Por lo tanto, sin desanimar jamás, debemos comprender que, mientras Dios no ponga su mano para arrancar la cizaña en el momento adecuado, no tendremos fuerzas suficientes ni pericia para hacerlo.
En la parábola, el dueño del campo trató la cuestión con toda serenidad, incluso siendo aparentemente humillado por el enemigo. En realidad, aceptar la presencia de la cizaña era mucho más astuto que arrancarla. De la misma forma, tener paciencia y resignación con nuestros defectos a menudo acaba siendo más virtuoso que querer alcanzar una perfección repentina, que nos llevaría a una peligrosísima presunción. Sepamos, pues, soportar nuestras miserias con paz de espíritu, no permitiendo que prevalezcan en el campo de nuestra alma, sino esperando la ocasión en que el divino Amo las arranque con su gracia.
Dios tendrá paciencia con los que reconocen su nada
La primera lectura nos ayuda a tener esa confianza en la acción de Dios, cuando afirma con respecto a Él: “Tú, dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia, porque haces uso de tu poder cuando quieres. Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores” (Sab 12, 18-19). Es como si Dios, consciente de nuestras flaquezas, suspendiera la justicia y juzga con misericordia a quien cree en su poder y, reconociendo su insuficiencia, suplica el perdón. Cuando San Pablo le pidió tres veces al Señor que retirara de él el aguijón de la concupiscencia, que mucho le hacía sufrir (cf. 2 Cor 12, 7-8), Jesús le dijo: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad” (2 Cor 12, 9). En la contingencia de convivir con la cizaña en nuestro interior es donde Dios hace patente su divino poder. Crezcamos en esa certeza, sabiendo que, como lo atestigua la segunda lectura de este domingo “el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad” (Rom 8, 26). El Paráclito nunca dejará de sustentarnos y fortalecernos en las vías de la santidad en medio de la resistencia contra la cizaña.

(Mons. João Scognamiglio Clá Dias,  EP in “Lo inédito sobre los Evangelios” Volumen I, Librería Editrice Vaticana).
Texto completo: COMENTARIO AL EVANGELIO – XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO