El título de «Buen
Pastor» ha sido de los pocos que se atribuyó a sí mismo el propio Jesús (cf. Jn
10, 11). De hecho, «pasó haciendo el bien» (Hch 10, 38) durante su recorrido
terrenal, hasta inmolarse por sus ovejas.
Pero si Cristo era
tan amable, manso y humilde, ¿por qué empleó el látigo para expulsar a los
mercaderes del Templo? ¿Por qué vituperó tantas veces a los fariseos,
sacerdotes y ancianos? En fin, ¿por qué censuró a Pedro, llamándolo duramente
«Satanás»? Sencillo: porque la Bondad
encarnada también era la propia Verdad (cf. Jn 14, 6). Por lo tanto, le duela a
quien le duela, para que triunfara el bien y la verdad, el Redentor no ahorró
el látigo, ya fuera hecho de cordeles o de palabras…