martes, 6 de abril de 2021

¿Látigo, llanto o sonrisa? - Editorial Revista Heraldos del Evangelio, Número 221

 

El título de «Buen Pastor» ha sido de los pocos que se atribuyó a sí mismo el propio Jesús (cf. Jn 10, 11). De hecho, «pasó haciendo el bien» (Hch 10, 38) durante su recorrido terrenal, hasta inmolarse por sus ovejas.

Pero si Cristo era tan amable, manso y humilde, ¿por qué empleó el látigo para expulsar a los mercaderes del Templo? ¿Por qué vituperó tantas veces a los fariseos, sacerdotes y ancianos? En fin, ¿por qué censuró a Pedro, llamándolo duramente «Satanás»? Sencillo: porque la Bondad encarnada también era la propia Verdad (cf. Jn 14, 6). Por lo tanto, le duela a quien le duela, para que triunfara el bien y la verdad, el Redentor no ahorró el látigo, ya fuera hecho de cordeles o de palabras…

Sin embargo, a menudo, frente a la iniquidad, el Señor prefirió mantenerse callado, como ante la impostura de Pilato. En situaciones extremas, se limitó a verter lágrimas al contemplar cómo Jerusalén lo rechazaba, o en el Getsemaní al lamentarse de la infidelidad de sus discípulos.

Este mes de febrero se conmemoran cuatrocientos años de la aprobación diocesana de las revelaciones de Nuestra Señora del Buen Suceso a la Madre Mariana de Jesús Torres en Quito, Ecuador. Tal mensaje prenunciaba un tiempo en el que un «mar inmundo» de impureza se extendería por las calles, la inocencia infantil prácticamente desaparecería y los sacerdotes perderían la «brújula divina»; no obstante, una pequeña grey conservaría la fe. Ese aparente diagnóstico de nuestros días nos invita a indagar: ¿cómo sería hoy la reacción de Jesús? ¿Usaría el látigo o el llanto? ¿O ambos?

Los santos son como rayos que emanan del Sol de la Justicia; recurramos a ellos para que nos iluminen. Santa Catalina de Siena, que impetró a Dios el don de las lágrimas, aunque fueran hechas de fuego, no titubeó, a ruegos del propio Jesús, en amonestar al Papa Urbano II con el látigo de la palabra —«¡sea enteramente viril!»— para que emprendiera la reforma eclesiástica. El Padre Pío, en cierta ocasión, al observar la iniquidad de algunos sacerdotes y su negligencia para con el Cuerpo de Cristo, también lloró e imprecó: «¡Carniceros!». Finalmente, la Santísima Virgen en La Salette aparecía en llantos manifestando severamente su inconformidad con el clero infiel, llamándolo «cloaca».

En este mes de la Cátedra de Pedro, Jesús bien podría preguntarle a cada fiel, sobre todo a los pastores: «¿Me amas?» Ojalá la respuesta sea afirmativa, pero ante todo sincera. Pedro naufragó justamente porque confió en sus propias fuerzas para atravesar las aguas. Y ¡ay de los pastores que se apacientan a sí mismos! (cf. Ez 34, 2). Peor aún, ¡ay del que, como «nuevo Judas», entrega el templo de Dios al diablo, vendiendo a las ovejas y protegiendo a los lobos!, como predijo el Beato Francisco Palau.

En estos tiempos, por tanto, en que la cizaña parece infectar completamente el trigo, es necesario confiar como María en la resurrección. Este es el verdadero «buen suceso»: la victoria del bien contra todas las apariencias.

Los evangelistas retratan a Jesús con látigo en ristre, con lágrimas en la cara e incluso mezclando saliva con barro para curar, pero nunca lo presentan sonriendo. ¿Por qué? Porque reservó su sonrisa para el final, cuando, encadenado el mal para siempre, la Iglesia brillará con toda la gloria que merece: toda bella, vigorosa y pura.

Fuente: Revista Heraldos del Evangelio, Año XIX N° 211, Febrero 2021.

Foto: imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso – Casa de formación Thabor, de los Heraldos del Evangelio, Caieiras (Brasil).

Se autoriza la publicación citando la fuente.

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