En cierto sentido todos somos Zaqueos. Viviendo aquí en estado de prueba,
Nuestro Señor puede pasar frente a nosotros y llamarnos en cualquier momento,
sirviéndose de una lectura, una conversación, una predicación, o quizá por
medio de una moción interior de la gracia.
¿Cómo responderíamos si Él nos dijera, como al publicano: “baja pronto, porque
hoy tengo que alojarme en tu casa”? “¿Sabremos imitar la generosidad de Zaqueo
y, adelantándonos a la amonestación del Señor, responderle con espontánea
prontitud: en adelante, quiero firmemente no pecar más?”.
Todo dependerá de la admiración que hayamos tenido.
El camino de la conversión del publicano, narrado en este pasaje del Evangelio,
comenzó con un mero sentimiento de curiosidad por aquel Hombre del cual tanto
había oído hablar. Pero, por acción de la gracia, enseguida se transformó en
deseo de conocerlo, hablarle y estar con Él,
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viernes, 28 de octubre de 2016
Comentario al Evangelio — Domingo 31º del Tiempo Ordinario (Corresponde al domingo 30 de octubre)
lunes, 12 de septiembre de 2016
Comentarios al Evangelio del 24º Domingo (11 de setiembre) del Tiempo Ordinario. Año C - Lc 15, 1-32 Por Monseñor Joao Scognamiglio Clá Dias, EP
[...] La secuencia de parábolas presentada en el
Evangelio de este 24º Domingo del Tiempo Ordinario surge delante de nosotros como un prisma del cual la Historia de la Salvación, gana un colorido
especial. Para rescatar la humanidad perdida por el pecado, el Buen Pastor
asumió nuestra naturaleza, murió en la Cruz, y de su lado abierto por la lanza
nació la Iglesia, auténtico redil de Cristo, en el cual los hombres son
introducidos, por las aguas del Bautismo, dándoles la superior dignidad de
tornarse hijos de Dios. Dóciles a la gracia, los hombres produjeron frutos a la
altura de su condición de herederos del Cielo, construyendo una civilización
basada en las enseñanzas del Evangelio.
Sin embargo, con el pasar del tiempo la humanidad comenzó a menospreciar esa filiación divina y se fue apartando del Padre celestial. En nuestros días, muchos son los que viven como si Él no existiese. Entregándose al pecado, disiparon los tesoros que les habían sido confiados con la venida de Nuestro Señor Jesucristo al mundo, y caminaron de desvarío en desvarío. Si trazásemos un paralelo entre la humanidad actual y el hijo pródigo, con tristeza veríamos no estar muy distantes del estado en el cual, reducido a la completa miseria, el joven se quiso alimentar con las bellotas de los puercos. Permitiendo que los hombres caigan en los horrores de un mundo contrario a la virtud, Dios espera pacientemente el momento exacto para concederles las luces de su misericordia, a través de una acción del Espíritu Santo. Tal acción les hará ver con claridad su deplorable estado y les suscitará las nostalgias de las maravillas de la gracia, abandonadas hace siglos.
Los símbolos, no obstante, siempre claudican en relación a la realidad, y la Fé nos hace pensar que el futuro de los hombres superará ampliamente el desenlace de la parábola, sobre todo por causa de un elemento. En la narración, no aparece una figura que en la Historia tiene un papel fundamental: María Santísima, a quien Dios constituyó Abogada y Refugio de los pecadores, Madre de los hombres. Cuando la humanidad pródiga comience a emprender el camino de vuelta, esta Madre vendrá a su encuentro y la recibirá con ilimitada bondad. Bastará entonces, que le sea dirigida la súplica humilde y confiante: "Pecamos contra Dios y contra ti; ya no merecemos ser llamados tus hijos. Trátanos cómo si fuésemos siervos". Ella misma intercederá, entonces, junto a su Hijo, llevándole el pedido de clemencia. En ese momento en que los hombres se presenten delante del trono de la Divina Misericordia, colocándose en la condición de esclavos de la Sabiduría Eterna y Encarnada, por las manos de María, estará concedido el perdón restaurador.
Y así como el padre festejó al joven arrepentido, Dios tratará como hijos predilectos a aquellos que se entreguen sin reservas, y promoverá la conmemoración inaugural de un nuevo régimen de gracias en el plan de la salvación: el Reino de María, era histórica de la misericordia constituida por almas que, reconociéndose pecadoras, se habrán dejado transformar por la fuerza del perdón. (CLA DIAS EP, Monseñor Joao Scognamiglio, in “Lo inédito sobre los Evangelios” Librería Editrice Vaticana).
Sin embargo, con el pasar del tiempo la humanidad comenzó a menospreciar esa filiación divina y se fue apartando del Padre celestial. En nuestros días, muchos son los que viven como si Él no existiese. Entregándose al pecado, disiparon los tesoros que les habían sido confiados con la venida de Nuestro Señor Jesucristo al mundo, y caminaron de desvarío en desvarío. Si trazásemos un paralelo entre la humanidad actual y el hijo pródigo, con tristeza veríamos no estar muy distantes del estado en el cual, reducido a la completa miseria, el joven se quiso alimentar con las bellotas de los puercos. Permitiendo que los hombres caigan en los horrores de un mundo contrario a la virtud, Dios espera pacientemente el momento exacto para concederles las luces de su misericordia, a través de una acción del Espíritu Santo. Tal acción les hará ver con claridad su deplorable estado y les suscitará las nostalgias de las maravillas de la gracia, abandonadas hace siglos.
Los símbolos, no obstante, siempre claudican en relación a la realidad, y la Fé nos hace pensar que el futuro de los hombres superará ampliamente el desenlace de la parábola, sobre todo por causa de un elemento. En la narración, no aparece una figura que en la Historia tiene un papel fundamental: María Santísima, a quien Dios constituyó Abogada y Refugio de los pecadores, Madre de los hombres. Cuando la humanidad pródiga comience a emprender el camino de vuelta, esta Madre vendrá a su encuentro y la recibirá con ilimitada bondad. Bastará entonces, que le sea dirigida la súplica humilde y confiante: "Pecamos contra Dios y contra ti; ya no merecemos ser llamados tus hijos. Trátanos cómo si fuésemos siervos". Ella misma intercederá, entonces, junto a su Hijo, llevándole el pedido de clemencia. En ese momento en que los hombres se presenten delante del trono de la Divina Misericordia, colocándose en la condición de esclavos de la Sabiduría Eterna y Encarnada, por las manos de María, estará concedido el perdón restaurador.
Y así como el padre festejó al joven arrepentido, Dios tratará como hijos predilectos a aquellos que se entreguen sin reservas, y promoverá la conmemoración inaugural de un nuevo régimen de gracias en el plan de la salvación: el Reino de María, era histórica de la misericordia constituida por almas que, reconociéndose pecadoras, se habrán dejado transformar por la fuerza del perdón. (CLA DIAS EP, Monseñor Joao Scognamiglio, in “Lo inédito sobre los Evangelios” Librería Editrice Vaticana).
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