domingo, 8 de septiembre de 2019

La Natividad de la Santísima Virgen por Plinio Corrêa de Oliveira

¿Por qué la Iglesia festeja especialmente la santa Natividad de Nuestra Señora? Porque la Madre de Dios fue tan grande, que la fecha en que Ella entra en el mundo marca una nueva era en la historia del pueblo elegido.

Es la aparición de la criatura que encuentra plena gracia ante Dios, cuyas oraciones y fidelidad tienen mérito para atraer la misericordia divina y hacer llegar el momento de la Redención.

Todo lo que la Santa Iglesia hace es inmensamente sabio, pleno de tacto. Consideren, por ejemplo, lo siguiente: el culto de latría o adoración, la Iglesia lo presta solamente a Dios, por tanto a Nuestro Señor Jesucristo, que es el Verbo Encarnado. El culto de dulía, de veneración, de mediación, la Iglesia lo presta a los santos. Pero a Nuestra Señora ella le presta un culto que no es simplemente el de dulía, ni es de ningún modo el de latría, sino que es el culto de hiperdulía, que es una veneración como a ningún otro santo se presta, sin ningún paralelo, sin ningún término de comparación, de tal manera Nuestra Señora está por encima de todas las criaturas.

Excluyendo la fiesta de la Santa Navidad de Nuestro Señor Jesucristo y el nacimiento de San Juan Bautista, la Natividad que la Iglesia celebra en su calendario litúrgico es la de Nuestra Señora. Y aparte de esta, hay incontables otras fiestas a Ella dedicadas, mientras que para cada santo existe –como regla general– una fiesta en el calendario y nada más. Como también, en otro orden de cosas, la Iglesia permite y hasta estimula imágenes de los santos, pero no permite que haya en el mismo altar más de una imagen del mismo santo. No obstante, para la Santísima Virgen ella permite que haya tanto en el altar central como en los nichos o altares laterales de las iglesias otra imagen de Ella.

Todo esto, para dar a entender que Nuestra Señora no tiene ningún término de comparación, e introducir este principio teológico en mil realidades del calendario, de la liturgia, de la vida de piedad, con un tacto y sentido de las proporciones que indica bien el espíritu sapiencial de la Iglesia Católica y el océano de sabiduría que hay en ella.

¿Por qué la Iglesia festeja especialmente la santa Natividad de Nuestra Señora? Porque la Madre de Dios fue tan grande, que la fecha en que Ella entra en el mundo marca una nueva era en la historia del pueblo elegido.

Podemos decir que la historia del Antiguo Testamento se divide –bajo este punto de vista– en dos partes: antes y después de Nuestra Señora. Porque si la historia del Antiguo Testamento es una larga espera del Mesías, esta espera tiene dos aspectos: 1) el momento exacto para la venida del Mesías, que no había llegado; la Divina Providencia estaba, por tanto, permitiendo que esta espera se prolongase por siglos de siglos; 2) y después el momento bendito en que la Providencia hace nacer a Aquella que conseguirá que el Mesías venga: la Santísima Virgen.

Entonces, su venida al mundo es la llegada de la criatura perfecta, de la criatura que encuentra plena gracia delante de Dios, de la única criatura cuyas oraciones tienen el mérito suficiente para acabar con esta espera y hacer que, por fin, los ruegos de toda la Humanidad, los sufrimientos de toda la Humanidad, los padecimientos de todos los justos y la fidelidad de todos aquellos que habían sido fieles, consiga aquello que sin Nuestra Señora no se habría obtenido.

Existieron los Patriarcas, los Profetas, hubo innumerables almas fieles del pueblo electo; debe haber habido una que otra alma fiel en medio de la gentilidad; hubo sufrimientos a lo largo de los siglos de espera del Mesías. Pero nada de eso fue suficiente para atraer la misericordia divina y hacer llegar el momento de la Redención. Sin embargo, cuando Dios quiso, Él hizo nacer la criatura perfecta que habría de conseguir esto. Entonces, la entrada de esta criatura perfecta en el mundo de los vivos es el comienzo de su trayectoria, que durante todo el tiempo atrajo bendiciones, atrajo gracias, produjo santificación.

Ya entonces, todas las relaciones de los hombres con Dios se modificaron, y comenzó la puerta del Cielo, que estaba trancada, como que a filtrar luces y dejar filtrar esperanzas de que ella sería abierta por el Salvador que debería venir. Todo esto se dio desde el primer momento del nacimiento de Nuestra Señora…

La presencia de Ella en la tierra era ocasión de gracias insignes porque era la criatura más contemplativa de todos los tiempos, en relación a la cual ninguna otra contemplativa tuvo, tiene o tendrá paralelo. Ella poseía una irradiación personal y una acción de presencia tan rica en bendiciones, que era el prenuncio de la venida de Nuestro Señor.

Y entonces la entrada de esta bendición, la entrada de esta gracia, de esta acción directa y personal en la historia del mundo, ¡es incomparable! Y a causa de ello, la Natividad de Nuestra Señora es una fiesta que debe ser muy querida por nosotros, que nos debe hablar mucho al alma, pues es la fiesta del inicio del derrocamiento del paganismo.

¿Podríamos decir que hay alguna relación de esto con la situación del mundo contemporáneo? –Sí la hay.


En la época presente hay como que una nueva interferencia de Nuestra Señora en la historia del mundo, que actúa en las tinieblas del neopaganismo.

El hecho de que la Virgen suscite almas que ya ansían por el Reino de María [1], que piden la venida del Reino de María, luchan para que el Reino de María venga, estas almas son –mutatis mutandis, o sea, con todas las debidas adaptaciones y reservas– como era Nuestra Señora en el Antiguo Testamento. Aún no ha venido el triunfo del Inmaculado Corazón de María, pero sí algo que es el prenuncio de ese triunfo y que ya comienza a difundir sus gracias, comienza a determinar también movimientos entusiastas de adhesión. Esto es algo como una Natividad que se repite y que prepara el Reino de María, profetizado por Ella en Fátima.

Ustedes ven, por lo tanto, que esta fecha es de la mayor significación. Oremos a Ella poniendo como fundamento su Natividad, pidiendo que así como Ella vino a la Tierra e inmediatamente comenzó a pedir el advenimiento del Mesías y el final de aquel estado de cosas envuelto por el pecado, Ella nos dé un deseo ardiente del Reino de María. Un deseo que nos arrebate por entero, un deseo sapiencial, reflexionado, ponderado, serio, profundo, que no deje en nuestras almas apego a nada más.

Esta sería, entonces, nuestra oración en la noche de hoy.



(*) Texto de transcripción adaptada de la grabación de una conferencia proferida del 8 de septiembre de 1966. Mantiene por tanto el estilo verbal, y no fue revisto por el autor.

[1] Reino de María – San Luis María Grignon de Montfort, en su Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, prevé la implantación en la Tierra de una era “en que las almas respirarán a María como el cuerpo respira el aire”, y en que innumerables personas “se tornarán copias vivas de María” (Cap. VI, ítem V). Él denomina a esa era “Reino de María”. Esa profecía entronca orgánicamente con la de Nuestra Señora en Fátima, en la cual, después de prever varias calamidades para el mundo, Ella afirmó: “Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”.