lunes, 8 de octubre de 2018

El mundo angélico y la Contra-Revolución – Editorial de Revista “Dr. Plinio” N°5 Septiembre de 2018


El Dr. Plinio dedicó toda su existencia al servicio de la Iglesia Católica y de su ortodoxia. Siendo la Iglesia el Cuerpo Místico de Cristo, la lucha en su defensa no podría desarrollarse solo en el campo natural y humano; especialmente debería trabarse en la esfera sobrenatural. Por eso, siempre consideró su misión, su obra y su actuación, íntimamente ligadas a los ángeles, al punto de constituir una única Caballería Angélica en defensa de la Fe y de la Civilización Cristiana.
Pocos meses antes de su partida
hacia la eternidad [1], el Dr. Plinio recordaba a sus discípulos esta verdad, tantas veces expuesta a la largo de su vida.
Me di cuenta perfectamente que el mundo estaba siendo sacudido y convulsionado por una sola Revolución. Todas esas revoluciones a las que los historiadores dan diversos nombres, en realidad son aspectos diversos de una sola Revolución que tiene una finalidad: acabar con todas las desigualdades e implantar la igualdad completa.
En último análisis, el primer revolucionario fue satanás. A él le fue revelada la Encarnación del Verbo; probablemente tuvo la revelación de que el Verbo Encarnado nacería de la Virgen María y que Ella sería Inmaculada.
Delante de esta revelación, Lucifer tuvo el primer golpe, dio el primer grito de revolución. Ese grito repercute hasta hoy: “Non serviam – ¡No serviré! (Jer 2, 20). En otras palabras: “Yo no me inclinaré, no obedeceré a esa creatura unida al Creador que Dios quiere crear. Yo soy un ángel, soy puro espíritu, soy el más espléndido de todos los ángeles, ¡no aceptaré esa sumisión!”. Y cuando gritó “¡No serviré!”, ese grito produjo sobre los otros ángeles una enorme impresión. Así se estableció en el Cielo la primera de todas las revoluciones.
San Miguel Arcángel
Y, concomitantemente, nació gloriosa y luminosamente una Contra-Revolución. Fue San Miguel Arcángel que, aunque siendo un ángel de menor jerarquía que Lucifer, obedece a Dios y levanta el estandarte de la disciplina, de la jerarquía, de la obediencia, contra el estandarte maldito de la desobediencia, de la insolencia, de la contestación, de la negación de Dios que había sido levantado por satanás.
Dos ejércitos se forman así en los espacios celestiales y traban, dice la Escritura, una gran guerra: Et factum est proelium magnum in coelo (Ap 12, 7). En esta batalla, San Miguel Arcángel –claro que naturalmente favorecido y protegido por Dios- con los ángeles fieles, fue victorioso. Satanás y sus ángeles fueron vencidos y lanzados al infierno para siempre.
Esa es la primera Revolución, modelo y causa profunda de las otras revoluciones. Así, la historia del mundo comenzaba antes de la creación de los hombres.
 ¿Esto no explica toda nuestra actuación? ¿No trabajamos por la Santa Iglesia Católica? ¿No es trabajar por la jerarquía, por el buen orden de las cosas que reflejan las perfecciones de Dios adecuadamente? Todo cuanto es contrario a esto no es sino la Revolución maldita e igualitaria.
[1] Conferencia del 11/8/1995.

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