
En uno de
los monasterios que San Benito había construido en los alrededores, había un
monje que durante la oración no podía quedarse en su lugar, sino que en cuanto
los hermanos se inclinaban para entregarse a la oración, él salía afuera, y con
la mente distraída se entretenía en cosas terrenas e intrascendentes. Habiendo
sido advertido reiteradas veces por su abad, fue llevado al hombre de Dios
quien a su vez lo reprendió duramente por su necedad. De regreso al monasterio,
apenas si se acordó durante dos días de la amonestación del hombre de Dios; al
tercero volvió a su antigua costumbre, y otra vez empezó a dar vueltas durante
el tiempo de la oración. El asunto fue comunicado al servidor de Dios, por el
padre que él había constituido para esta casa. San Benito dijo: “Yo iré y lo
corregiré personalmente”.
El hombre de Dios llegó al monasterio, y a la hora fijada, concluida la
salmodia, los hermanos se aplicaron a la oración. Entonces observó que un
negrito arrastraba hacia fuera por el borde del vestido a aquel monje que no
podía permanecer en la oración. San Benito, al ver esto les dijo secretamente
al padre del monasterio, de nombre Pompeyano, y al servidor de Dios Mauro: “¿No
ven quién es el que arrastra hacia afuera a este monje?”. A lo que ellos
respondieron: “No”. Les dijo: “Recemos, para que también ustedes vean a quién
sigue este monje”. Después de haber orado durante dos días, el monje Mauro lo
vio, pero Pompeyano, el padre del monasterio, no pudo verlo.
Al día siguiente, terminada la oración, el hombre de Dios salió del oratorio, sorprendió
al monje que estaba afuera, y para curar la ceguera de su corazón le golpeó con
una vara. A partir de aquel día, el monje ya no sufrió de ningún modo el engaño
del negrito, sino que permaneció sin moverse durante la oración. Así, el
antiguo enemigo ya no se atrevió a influir en su imaginación, como si él mismo
hubiera recibido el azote.
Fuente original: De la vida y milagros de San Benito, por San Gregorio Magno,
Papa.
Publicado en: Revista "Heraldos del Evangelio". No. 168, julio 2017.

[...] ¡ENTREMOS EN ESA ESCUELA!
Hemos de cuidar, pues, de no constituir en falsos dioses a la técnica, la
salud, el dinero, los estudios o las capacidades personales. ¡Nada de idolatría
ni de orgullo! El que establece divinidades para sí mismo, olvidándose del
único Dios, se vuelve ciego de Dios. Éste mal es peor que la pérdida de la
vista, ya que quien lo padece termina por no entender las verdades que el Padre
sólo revela a los pequeños. ¿De qué le sirve a una persona participar en una
carrera, habiéndose preparado para conseguir la máxima velocidad, si cuando el
juez de salida da la señal avanza a toda prisa fuera del circuito y en la
dirección equivocada? Es lo que le pasa al infeliz que se presenta ante el
supremo Juez —¡mejor lo hiciera con las manos vacías!— con las manos manchadas
de orgullo e idolatría.
El joven rico, por ejemplo, fue aparentemente un pequeño, que acabó tirándose
al precipicio de la idolatría. Menos ilustrado que los Apóstoles, porque no
formaba parte de los seguidores de Jesús, debía, por lo tanto, mostrarse más
pequeño que ellos. Sin embargo, su extraordinario aprecio por los bienes que
poseía lo llevó a no dar oídos a la promesa del Señor: “tendrás un tesoro en el
Cielo” (Mt 19, 21). Fue invitado y lo rechazó porque no quiso ser pequeño...
Por el contrario, el que se entrega por completo y entra en el discipulado de
Cristo, abrazando su yugo, siente enseguida cómo éste es suave y ligero. Las
leyes que Él estipula proporcionan el anhelado descanso, perfeccionan la
inteligencia, fortalecen la voluntad, templan y requintan la sensibilidad. Nos
dan, sobre todo, la oportunidad de alcanzar la felicidad para la cual hemos
sido llamados: la santidad.
Seamos humildes como el Señor Jesús es la Humildad, manso como Él es la
Mansedumbre, buscando en todas las cosas ser santos como Él es la Santidad. En
la práctica de esas virtudes, a ejemplo del divino Maestro, encontraremos la
paz y la santa alegría para nuestras almas.

(Mons.
João Scognamiglio Clá Dias, EP in “Lo inédito sobre
los Evangelios”, tomo I, Librería Editrice Vaticana)
Texto
completo en: Comentario al Evangelio – XIV Domingo del Tiempo Ordinario
En el
día de hoy, 7 de julio de 2017, ha aparecido en los medios de comunicación
sociales de los Heraldos del Evangelio, una publicación con el siguiente título: Manifiesto
Denuncia – ¿Visita canónica o inquisición farisaica? – ¡Quieren destruir la
Iglesia y esto no lo podemos permitir!
Queremos aclarar que este texto es de responsabilidad única, exclusiva y
personal de su(s) autor(es), cuya identidad todavía desconocemos. No representa
el pensamiento de los Heraldos del Evangelio, y fue divulgado sin el conocimiento de su dirección, sirviéndose
indebidamente de la plataforma informática de la Entidad. Se han puesto en
marcha las debidas medidas para investigar y aclarar lo ocurrido y, con todo el
respeto a la libertad de opinión, disociar los puntos de vista individuales,
con la posición de nuestra Institución.
Padre Hamilton José Naville, EP
Coordinador de prensa y media social de los Heraldos del Evangelio
Fuente: Noticias Católicas Uruguay
Las
que que plantearon a la Directora del IPOLL autorización para ofrecer una
charla sobre Sexualidad y Afectividad a estudiantes de 5º y 6º del Bachillerato
Biológico.
Muchas veces escuchamos quejas de maestras o docentes porque la madre o el
padre son reacios a las convocatorias de la escuela o liceo de sus hijos. Estas
madres eligieron el camino directo y se presentaron a la dirección. El
principal
por
Monseñor Jaime Fuentes (Obispo de Minas, Uruguay)
Este 5 de julio permítanme [...] referirme a lo que ha sucedido en Salto. La
directora de un liceo público autorizó a un grupo de madres a dar un taller
sobre sexualidad a alumnos de quinto y sexto año de secundaria. Lo hicieron
porque están preocupadas, ya que en la formación que reciben en el liceo los
chicos y chicas, no se contempla la dimensión afectiva de la persona, sino
solamente la cuestión biológica. Naturalmente, en el taller salió el tema del
aborto, pero no fue el tema central.
Salvador
(Lunes, 03-07-2017, Gaudium Press) El site de la Arquidiócesis de Salvador de
Bahía, Brasil, ha publicado una Nota de Aclaración firmada por el P. Alex
Barbosa de Brito, de los Heraldos del Evangelio, acerca de "vídeos y
noticias en los que se quiere involucrar el nombre de los Heraldos, el de su
Fundador, y el de una supuesta visita apostólica". El texto fue redactado
con ocasión de la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo, el pasado 29. A
continuación el texto de la comunicación:

[...] La adhesión al Señor acarrea lucha
En este contexto se comprende mejor la advertencia del Divino Maestro,
mencionada anteriormente: “No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz:
no he venido a sembrar paz, sino espada” (Mt 10, 34). Si pertenecemos al mundo,
no causamos extrañeza en los círculos sociales y somos aceptados con
naturalidad. Sin embargo, a partir del momento en que cambiamos de conducta y
adecuamos la vida a la Ley de Dios, pasamos de la paz a la espada. Se rompe esa
imbricación con nuestro ambiente y nos convertimos en una piedra de escándalo,
a semejanza del Divino Maestro (cf. Lc 2, 34), porque la observancia de las
reglas de la moral constituye un “non licet tibi —no te es lícito” (Mt 14, 4),
que suscita problemas de conciencia en los pecadores y provoca indignación. Por
eso, los buenos no son tolerados y son perseguidos, muchas veces, incluso por
los más cercanos.
La paz concedida según el mundo significa dar rienda suelta a las pasiones. Se
hace lo que se quiere, aunque sea pecado. ¡Qué importa! Esa es la falsa paz de
la que hablaba el profeta: “deceperint populum meum dicentes: Pax, et non est
pax —han extraviado a mi pueblo diciendo ‘¡Paz!’ y no había paz” (Ez 13, 10).
Por el contrario, enseña San Agustín,8 la verdadera paz es la tranquilidad en
el orden. Así pues, la paz de alma sólo puede venir de la práctica de la
virtud, la cual supone el combate a las tentaciones del demonio, del mundo y de
la carne. No habrá un solo instante en que nuestras pasiones no nos soliciten
el pecado y los apegos desordenados a tantas personas o cosas.
De esta forma, todo hombre tiene ante sí sólo dos caminos: vivir de la savia
divina o de la savia del mundo. No existe otra hipótesis. He aquí el gran
dilema de cada alma y de la Historia. Cuando, finalmente, la humanidad resuelva
cooperar con la gracia de Dios y empiece a vivir exclusivamente de la savia
divina, maravillas se obrarán, “como fruto de las grandes resurrecciones de
alma de la que los pueblos también son susceptibles. Resurrecciones
invencibles, porque no hay lo que derrote a un pueblo virtuoso y que
verdaderamente ame a Dios”.

(Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP in “Lo inédito sobre los Evangelios” Tomo
I, Librería Editrice Vaticana)
Texto completo en: Comentario al Evangelio –XIII Domingo del Tiempo Ordinario