En 1972, un hecho despertó el interés de los católicos del mundo entero: una
imagen de Nuestra Señora de Fátima había vertido lágrimas en Nueva Orleans,
Estados Unidos. El profesor Plinio Corrêa
de Oliveira, con el fin de atender a los anhelos de sus lectores a este
respecto, escribió en su columna semanal de “Folha de São Paulo” un actual análisis del acontecimiento, que
transcribimos a continuación.
“LÁGRIMAS,
MILAGROSO AVISO”
Los
diarios del 21 de julio de 1972 publicaron una fotografía procedente de la
ciudad de Nueva Orleans, en los Estados Unidos, en la cual se veía una imagen
de Nuestra Señora de Fátima vertiendo lágrimas. El documento despertó vivo
interés en el público del mundo entero. Así pues, pienso que algunos detalles
sobre este asunto satisfarán los justos anhelos de muchos lectores.
No conozco mejor fuente sobre la materia que un artículo muy americanamente
titulado “Las lágrimas de la Imagen mojaron mi dedo”. Su autor es el sacerdote
Elmo Romagosa. Publicó su trabajo el día 20 de julio de aquel mismo año en el
“Clarion Herald”, semanario católico de la diócesis de Nueva Orleans,
distribuido en once parroquias del Estado de Louisiana.
Los antecedentes del hecho son conocidos. En el año 1917, Lucía, Francisco y
Jacinta tuvieron varias visiones de Nuestra Señora en Fátima. La autenticidad
de esas visiones fue confirmada por varios prodigios del Sol, presenciados por
toda una multitud reunida mientras la Virgen se manifestaba a los tres niños.
En términos genéricos, Nuestra Señora incumbió a los pequeños pastores de
comunicar al mundo que estaba profundamente disgustada con la impiedad y
corrupción de los hombres. Si estos no
se enmendasen, vendría un terrible castigo que haría desaparecer varias
naciones. Rusia difundiría sus errores por todas partes. El Santo Padre tendría
mucho que sufrir.
El castigo sólo sería evitado si los hombres se convirtiesen, si fuesen
consagrados Rusia y el mundo al Inmaculado Corazón de María y si se pusiese en
práctica la Comunión Reparadora de los Primeros Sábados de cada mes.
En vista de esto, la pregunta que naturalmente viene al espíritu es si las
peticiones fueron atendidas.
Pío XII hizo en 1942 una consagración del mundo al Inmaculado Corazón de María.
La hermana Lucía, única superviviente, afirmó que faltaron al acto algunas de
las características indicadas por Nuestra Señora. No pretendo analizar aquí el
complejo asunto. Consigno, solamente de paso, que es discutible si la segunda
petición de Nuestra Señora fue atendida o no.
En cuanto a la primera petición, es decir, la conversión de la humanidad, es
tan obvio que no fue atendida, que me dispenso de entrar en pormenores.
Como Nuestra Señora estableció la realización de sus peticiones como condición
para que fuesen apartados los flagelos apocalípticos previstos por Ella, está
en la lógica de las cosas que baje sobre la humanidad la cólera vengativa y
purificadora de Dios, antes de que llegue la conversión de los hombres y la
instauración del Reino de María.
De los tres niños de Fátima, la única que todavía vive es la Hermana Lucía, hoy
religiosa carmelita en Coimbra [Nota: falleció el 13 de febrero de 2005]. Bajo
la dirección de esta última, un artista esculpió dos imágenes, que corresponden
tanto cuanto es posible a los trazos fisonómicos con que la Santísima Virgen
apareció en Fátima.
Estas dos imágenes, llamadas peregrinas, han recorrido el mundo, conducidas por
sacerdotes y seglares. Una de ellas fue llevada a la ciudad de Nueva Orleans. Y
allí vertió lágrimas.
El P. Romagosa, autor de la crónica a que me referí, había oído hablar de esas
lacrimaciones al P. Breault, a quien estaba confiado el cuidado de la imagen.
Sin embargo, sentía una honda reluctancia a admitir el milagro. Por esto, pidió
al P. Breault que le avisase tan pronto comenzara a producirse el fenómeno.
El P. Breault, notando alguna humedad en los ojos de la imagen el día 17 de
julio de 1972, llamó por teléfono al P. Romagosa, quien corrió junto a la
imagen a las 21:30 horas, trayendo fotógrafos y periodistas. De hecho, todos
notaron alguna humedad en los ojos de la imagen, que fue fotografiada
inmediatamente. El P. Romagosa pasó entonces el dedo por la superficie húmeda,
y así recogió una gota del líquido, que también fue fotografiada. Según el P.
Breault, ésta era la 13ª. lacrimación de
la imagen.
A las 6:15 horas de la mañana siguiente, el P. Breault llamó nuevamente al P.
Romagosa, informándole que desde las cuatro de la mañana la imagen lloraba. El
P. Romagosa llegó poco después a la iglesia donde, dice él, “vi una abundancia
de líquido en los ojos de la imagen, y una gota grande de líquido en la punta
de la nariz de la misma”. Fue esta gota, tan graciosamente pendiente, la que la
fotografía de los diarios mostró al público.
El P. Romagosa añade que vio “un movimiento del líquido mientras surgía
lentamente del párpado inferior”.
Pero el P. Romagosa quería eliminar dudas. Notó que la imagen tenía una corona
sujeta a la cabeza por un asta metálica. Se le ocurrió una pregunta: ¿no habrá
sido introducida, en el orificio en que penetra el asta, cierta cantidad de
líquido que después se filtró hasta los ojos de la imagen?
Terminado el llanto, el P. Romagosa retiró la corona de la cabeza; el asta
metálica estaba enteramente seca. Entonces introdujo, en el orificio
respectivo, un alambre revestido de un papel especial que forzosamente
absorbería cualquier líquido que estuviese allí. Pero el papel salió
enteramente seco.
No satisfecho todavía con tal experiencia, el P. Romagosa introdujo en el
orificio cierta cantidad de líquido. Sin embargo, los ojos se conservaron
absolutamente secos. El P. Romagosa puso entonces la imagen de cabeza hacia
abajo. Todo el líquido introducido en el orificio escurrió normalmente. Estaba
cabalmente probado que desde el orificio de la cabeza —único existente en la
imagen— no sería posible ninguna filtración de líquido hacia los ojos. El P.
Romagosa se arrodilló. Finalmente creyó.
El misterioso llanto nos muestra a la Virgen de Fátima llorando sobre el mundo
contemporáneo como otrora Nuestro Señor lloró sobre Jerusalén. Lágrimas de
afecto tiernísimo, lágrimas de dolor profundo, en la previsión del castigo que
vendrá.
Vendrá para los hombres del siglo XX, si no renuncian a la impiedad y a la
corrupción. […]Todavía hay tiempo, pues, de detener el castigo, lector,
lectora!
Pero, dirá alguien, ésta no es una meditación propia para la amenidad en la
cual me gusta vivir.
– ¿No es preferible, pregunto, leer hoy este artículo sobre la suave
manifestación de la profética melancolía de nuestra Madre, a soportar los días
de amargura trágica que, si no nos enmendamos tendrán que venir?
Si vienen, me parece lógico que habrá en ellos, por lo menos una misericordia
especial para los que hayan tomado en serio, en su vida personal, el milagroso
aviso de María.
Para que mis lectoras, mis lectores, se beneficien de esta misericordia, les
ofrezco el presente artículo... (Publicado por
“Folha de São Paulo”, 6.8.1972)